Bitácora de ruta

Volver a los trenes nocturnos: notas de tres trayectos

2026-08-30

Hay algo profundamente civilizado en cenar en una ciudad y desayunar en otra sin haber pisado un aeropuerto. Este verano encadené tres trayectos nocturnos por Europa —Viena-París, Estocolmo-Berlín y el veterano Lisboa-Hendaya— y volví con la libreta llena y una conclusión clara: el tren nocturno no es nostalgia, es eficiencia disfrazada de romanticismo.

Lo primero que sorprende al viajero de avión habitual es la ausencia de fricción. No hay liquidación de líquidos, no hay dos horas muertas en la terminal, no hay ese ritual absurdo de desvestirse parcialmente ante un arco de seguridad. Llegas a la estación quince minutos antes, enseñas el billete y subes. El tiempo total puerta a puerta, contando que viajas mientras duermes, suele ganar al vuelo corto.

El confort varía enormemente. El Nightjet austriaco es un hotel con bogies: camarote individual, ducha caliente y un desayuno que eliges la noche anterior marcando casillas. El sueco es más espartano pero impecablemente puntual. El hispano-portugués, digamos, tiene personalidad: literas de otra época, un ambiente de novela de letras pequeñas y la certeza de que llegarás, aunque nadie sepa muy bien a qué hora.

La lección práctica: reserva con meses de antelación. Las plazas en coche cama se agotan antes que los billetes de avión equivalentes, y el precio se dispara en las últimas semanas. Si viajas en litera compartida, un antifaz y tapones de silicona transforman la experiencia por menos de lo que cuesta un café de aeropuerto.

No todo es bucólico. Hay retrasos absurdos en fronteras, vagones donde el aire acondicionado funciona a media potencia y la noción, a las cinco de la mañana, de que tu litera es demasiado corta para tu optimismo. Pero cuando el tren entra en París con la luz gris del amanecer y el café de la cantina sabe a victoria, entiendes por qué Europa está recuperando estas líneas una a una.