Bitácora de ruta

Un año trabajando desde un pueblo de 2.000 habitantes

2026-06-02

Hace un año cambié un estudio de 40 metros en la ciudad por una casa con desván en un pueblo del que nunca habréis oído hablar. La decisión tardó diez minutos en tomarse y doce meses en entenderse. Esto es lo que habría agradecido que me contaran antes.

Lo técnico es sorprendentemente fácil. La fibra llega a sitios que no imaginas —tengo 600 megas simétricos por menos de lo que pagaba por 100 en la capital— y las videollamadas funcionan mejor aquí que en mi antigua oficina. Si tu trabajo cabe en un portátil, la infraestructura ya no es excusa.

Lo social es otra historia. Los primeros meses el silencio pesa: no hay ruido de fondo, no hay cafetería donde trabajar rodeado de desconocidos, no hay ese contacto humano mínimo e involuntario que da la ciudad. Tuve que aprender a agendar la vida social como se agendan las reuniones, porque aquí no ocurre por ósmosis.

Lo que ganas a cambio es difícil de cuantificar. El alquiler se ha reducido a la mitad, la compra la hago andando, y hay una hora al atardecer —la del paseo hasta el depósito de agua, desde donde se ve todo el valle— que se ha convertido en la parte más estable de mi día. Eso no cabe en ninguna hoja de cálculo.

¿Lo recomiendo? Depende de una pregunta que solo tú puedes responder: ¿echas de menos la ciudad o echas de menos la idea de la ciudad? Si es lo segundo, vente. Si es lo primero, el pueblo será una bonita condena de seis meses. Yo aún no lo tengo del todo claro, pero el desván ya tiene estanterías, que es una forma de respuesta.