Bitácora de ruta

Por qué sigo revelando carretes en 2026

2026-04-14

Tengo en el móvil algo así como veintitrés mil fotos. No he vuelto a mirar el 99 % de ellas. Tengo también trece álbumes de copias en papel de los últimos años, y los he repasado todos, varias veces, con gente a la que quiero sentada al lado. Esa asimetría lo explica casi todo.

La fotografía analógica no es mejor; es más lenta, que es distinto. Con treinta y seis exposiciones por carrete dejas de disparar por inercia. Miras, encuadras, dudas, y a menudo no disparas, que es la decisión fotográfica más infravalorada. La limitación no es un peaje: es el mecanismo.

Revelar en casa es mucho menos místico de lo que parece. Un tanque de desarrollo, tres químicos y un armario oscuro —literalmente, yo uso el de la entrada con una bolsa de cambio— y estás listo. El primer carrete saldrá mal. El segundo, sorprendentemente bien. A partir del tercero es rutina de media hora mientras escuchas un podcast.

El coste, que es lo primero que preguntan todos: carrete más revelado sale a unos treinta céntimos por foto. Más barato que imprimir cualquier cosa que merezca la pena, infinitamente más caro que el disparo digital, que cuesta cero y vale aproximadamente eso.

No propongo abandonar nada. El móvil hace fotos extraordinarias y las hace siempre. Propongo solo que, de vez en cuando, merece la pena un proceso donde la foto no existe hasta que la miras en papel, una semana después, y te sorprende como si la hubiera hecho otra persona. Porque, en cierto sentido, la hizo una versión de ti que ya no está.